18 marzo 2006

Primer día de travesía

Trenes que se cruzan en la noche. Eso es lo que somos. Desde que nacemos emprendemos un viaje apasionante, lleno de aprendizajes y no exento de peligros. De la belleza más sublime al más sobrecogedor de los horrores. Aunque, ¿por fortuna?, muchos solemos oscilar en un apacible (y anodino) término medio.

Viajamos por el tiempo a razón de un segundo por segundo (o no, pero ese es otro tema). Sólo conocemos el movimiento y por eso nos desconcierta pensar en un final. Somos viajeros con afán de permanencia y de ahí surgen las creencias en vidas posteriores a la muerte. Sabemos que tuvimos un principio, pero la idea del final es difícil de asumir. Queremos seguir viajando.

Viajamos por el espacio (sideral), agarrados a nuestro planeta como garrapatas al pellejo de un perro. Nuestra posición en el Universo no es la misma que la de nuestros antepasados, ni siquiera la misma que hace un mes. El movimiento es lo único de lo que podemos estar seguros. Todo fluye, como dijo el Filósofo.

El viaje iniciático, la quête medieval, la road movie... son conceptos que relacionan el viaje físico con un estado mental basado en el movimiento, el aprendizaje, el descubrimiento; un camino que nos conducirá a territorios inexplorados. Algunos amamos desprendernos en ocasiones de una parte importante de nosotros mismos: nuestro entorno, tranquilizador por conocido, exasperante por rutinario. Nunca nos sentimos tan vivos como cuando nuestro cuerpo se desplaza a lugares extraños, donde conocemos culturas ajenas y distintas a las nuestras, donde el día dura mucho más de veinticuatro horas porque, en cada momento, o la vista, o el oído, o el olfato, o el gusto o el tacto nos proporcionan algo nuevo y desconocido, algo que nos sorprende y nos devuelve a esa infancia, como estado mental, en la que cada día se descubrían un sinfín de cosas nuevas. ¿Recordáis lo despacio que avanzaba el tiempo cuando erais niños? ¿Acaso sea porque cuando crecemos cada vez nos sorprenden menos cosas? ¿Porque ya no aprendemos al mismo ritmo? ¿Porque los descubrimientos son cada vez más escasos? ¿Porque creemos que ya no podemos aprender nada y cerramos nuestras mentes? Quien llegue a este último punto disfrutará de un viaje vital tan interesante como el de una ameba, y su espíritu iniciará el camino sin retorno de la vejez. Un viajero me expresó una vez su opinión de que envejecemos por aburrimiento.

Mi conclusión es que viajar alarga la vida... Rectifico: viajar expande la vida.

Esta primera entrada en el blog es el principio de una nueva travesía. Bienvenidos, viajeros anónimos, dejad vuestras mochilas y tomad asiento.

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